viernes, 8 de mayo de 2020

DUBLÍN, POR SUPUESTO




















" Uno no puede pensar claro ni tampoco bien sin memoria. E importa mucho qué es lo que recuerdas. Si lo que recuerdas es mediocre, no vas a poder pensar. Y si, como nación, dejamos de pensar, bueno, algún día tendremos que cesar de ser una democracia. De verdad importa leer lo mejor que se ha escrito en la historia, lo mejor que se ha pensado en la historia "


( H. Bloom en entrevista. Traducción del autor )






1. Me hacía pasar por Peter Fortune


Vivo en Dublín. Era importante que Felicia se enterara. Por eso dejé caer sobre la mesa una tarjeta del hotel donde me hospedo. Ahí ponía clarito el nombre y la dirección: Harcourt Hotel, número sesenta de Harcourt Street, Dublín.

- Queda cerca del parque Stephen´s Green - dije y quizás soné a turista. Pero no soy turista, vivo en Dublín. No importa. - Desde que cumpliste 
treinta - respondió   Felicia - te comportas como piloto de avión - . Sonreímos.

Ahora estoy en el hotel. Es un edificio antiguo que alguna vez perteneció al escritor Bernard Shaw. Afuera, una inscripción en la pared pone su nombre. Como nunca he leído a Bernard Shaw, evitaré conclusiones apresuradas. Seguro que la profusión de locales nocturnos en su calle es pura coincidencia. O quizás fuera un poeta atormentado, no sé.

Según Jan Assmann, el primer poeta atormentado fue Chacheperreseneb, un egipcio. Sus textos datan del Reino Medio ( 2000 a. C. ). Una de sus lamentaciones termina así. " Ojalá supiera lo que otros no saben, lo que no representa repetición alguna ". Assmann propone que a Chacheperreseneb le atormentaba la tradición. Dice que Chacheperreseneb percibe " la tradición como algo exterior, ajeno y demasiado poderoso y se desespera ante la tarea de afirmar y legitimar su discurso como algo nuevo y propio frente a la tradición ". Assmann añade que el tormento de Chacheperreseneb " ...radica en el aislamiento inherente a la escrituralidad. Solo consigo mismo y con su corazón, el escritor tiene que estrujar su ser más intimo para poder afirmarse frente a la tradición con algo nuevo y propio " [ 1 ] .

Cuando chico, me hacía pasar por Peter Fortune, un personaje del libro En las nubes. Según cómo se mire, era una equivocación, debía estrujar mi ser más íntimo. Pero bueno, tenía trece años, esa era mi forma de leer. Me involucraba a tal punto que después no distinguía el recuerdo real del literario. Desde que tengo treinta, los distingo. Ahora vivo en Dublín y me hago pasar por Juan Pultz. O sea que pretendo ser quien soy, piloto de avión y así es más fácil.

Escucho ruidos bajo la ventana. Me asomo y, al otro lado de la calle, jóvenes esperan entrar en una discoteca. Aquella muchacha se quita el abrigo y deja su espalda a la vista. Unos tipos le observan con atención. El letrero parpadea en la puerta del local y quizás comprendo a Bernard Shaw. A esta hora en que el espíritu se encuentra dispuesto para escribir, una espalda desnuda puede resultar decisiva. Dos horas después, el ágil movimiento de brazos con que la muchacha se deshizo del abrigo permanece en mi memoria. Comprendería que alguien se dedicara a coleccionar imágenes de Dublín al caer la noche. Tal vez fuese el caso de Bernard Shaw, no puedo asegurarlo.

Otra cosa que aprendí de Jan Assmann fue el significado de la palabra griega hypólepsis. Según él " Hypólepsis significa conexión con lo que acaba de decir el orador precedente... " . O sea que " ...la hypólepsis designa el principio de no comenzar de nuevo, sino de enlazar con lo precedente mediante una recepción conectiva e incorporarse al proceso de comunicación en curso " [ 2 ] . Pienso que es una buena manera de explicar cómo me gustaría relacionarme con la tradición. En vez de negarla me gustaría conocerla. Pero no busco preservarla sino proseguirla. Lo mismo cuando converso con Felicia. Primero la escucho y después contesto, nuestras palabras no compiten, se suceden.

En cualquier caso, parece que no me asusta la tradición. Quizás porque no soy un poeta atormentado. Sólo vivo en Dublín, eso es todo. Y la vereda de Harcourt Street está vacía. Apagaron el letrero en la puerta del local. Desde aquí, sólo escucho el bajo de una canción disco que llega distorsionado. Mañana tengo que volar a Londres.


2. Habíamos dado la hora


La segunda vez que nos reunimos en el bar The Hairy Lemon de Dublín, Felicia llega en moto. Adentro, nos acomodamos en tres sillas, Felicia, su casco y yo. Debido a su escasa estatura, el casco no sobrepasa la mesa. Sin embargo está ahí, sentado con nosotros, es un casco amarillo. - Vivo en Dublín - afirmo. - Y eres piloto comercial - agrega ella. - Exacto - respondo.

Felicia sospecha que me estoy haciendo pasar por un personaje pero no sabe de cuál libro. No recuerda ninguna novela cuyo protagonista sea piloto de avión. No obstante, sí leyó la última novela del escritor Alejandro Zambra y yo también. Tras una breve discusión, acordamos que nos gusta.

- El gato en la portada - dice Felicia - me recuerda Instinto versus razón, un ensayo de Edgar Allan Poe. En ese ensayo, Poe dice que el límite entre instinto y razón es difuso. Que no está claro donde comienza uno y acaba la otra. Pero cuando parece que Poe va a desarrollar su argumento, el ensayo se convierte en un relato. O debería decir una imagen, la del señor Poe sentado en su cocina. Allí hay una gata negra que sabe abrir la puerta a pesar del picaporte de pulgar. El picaporte de pulgar es un botón que tienen algunas manillas para abrir la puerta. De modo que la gata se ve forzada a realizar una maniobra. Su salto ha de ser preciso. Debe apretar el picaporte y mover la manilla empujándola, al mismo tiempo, con las patas traseras. Así, entiende la gata, abrirá esa puerta. Y, para sorpresa del señor Poe, tras un montón de intentos, lo consigue. A juicio del escritor, esto prueba que la gata negra razona. " ...al hacer lo que hacía, debe de haber hecho uso de todas las facultades perceptivas y reflexivas que habitualmente suponemos que son sólo cualidades propias de la razón " [ 3 ] concluye Poe - .

Claro que sí, Felicia Dior es lo máximo. Por eso tolero que su casco se siente en una silla para personas. Porque, de vez en cuando, hace comentarios así. Además, fuimos compañeros de liceo.


Teníamos catorce años y jugábamos a ser escritores. Felicia, sin apoyar los codos sobre la mesa, decía que era Agatha Christie. Ignoro de dónde había sacado Felicia que Agatha Christie no apoyaba los codos sobre la mesa al escribir. Según ella, y fue enfática al respecto, así se escriben los libros de misterio. Por mi parte, mordía una ramita de arce. Era mi cigarro. Exhalaba humo invisible y decía que era Paul Auster. Tampoco sé de dónde había sacado yo que Paul Auster fumaba.

Apenas oían el timbre, los compañeros escapaban a recreo. Entonces, cuando ya no había nadie en la sala, Felicia y yo regresábamos a nuestros bancos. Ella sin apoyar los codos sobre la mesa y yo con mi ramita humeante. Cada tanto nos mirábamos pensativos. Imaginábamos que los libros importantes se escribían así, con cara seria, de científico. Aún no comprendíamos que " ...es la naturaleza de la verdad, en general, como de algunos materiales, ser más ricos cuanto más superficiales... "          [ 4 ] . Que reflexionar no es hacer gestos. Tal vez por eso, cuando se terminaba el recreo nuestras hojas seguían en blanco. Los compañeros volvían a sus asientos y, tras un breve bullicio, comenzaba la clase.

Un año más tarde, yo quería ser piloto de avión así que salía al patio para mirar el cielo. Pero Felicia no, ella se quedaba en su banco. Conforme crecía, jugaba a ser Adelaide Crapsey o Sara Teasdale. Salió del liceo, fue a la universidad, pero todavía jugaba. En esa época se hacía pasar por Clarice Lispector. Le faltaba estrujar su ser más íntimo. Aún no sabía cómo descorrer el picaporte de pulgar. Así que una y otra vez, como la gata de Poe, Felicia se lanzó hacia esa puerta. Hasta que un día, once años más tarde, lo consiguió. Su primer libro fue un acierto indiscutible. Me refiero a la novela Habíamos dado la hora.

Felicia acaba de volver del baño. Se sienta junto al casco y retomamos la conversación donde quedó, en una especie de hypólepsis tácita. Funciona porque ambos recordamos de qué estábamos hablando. El arco de Ctesifonte. Un monumento persa hecho de ladrillos que queda en Irak. - Lo miré en 
Google - dice Felicia. - El arco, o más bien la bóveda de Ctesifonte, se construyó durante el imperio bizantino - . - Eso no es muy exacto - pienso. Pero resulta que el monumento es difícil de fechar. Varios reyes se adjudican la autoría entre los siglos cuarto y séptimo después de Cristo. O sea que hay un generoso margen de duda.

De nuevo estoy en el hotel. Me gusta, es confortable. No se escucha lo que pasa en las otras piezas. Tampoco me han reprochado el olor a tabaco. Cuando la encargada de limpieza me pregunta si he fumado aquí dentro le respondo que no. Al principio me creía pero han pasado seis meses. Las cortinas ya no huelen igual que cuando llegué, eso es evidente. Creo que hablaré con la administradora. Tal vez le ofrezca algún dinero para compensar el daño. Bastaría con repintar y poner cortinas nuevas, no quiero que se enoje conmigo. Además, ya me acostumbré a esta ventana. Da a Harcourt Street.

Al frente hay un edificio de cinco pisos. Su ladrillo rosado, más moderno, le distingue del siguiente edificio. En lo demás, sin embargo, se asemeja a todos los de la cuadra. Un volumen cuadrado con cinco ventanas por piso. Las ventanas del primer piso son rectangulares y terminan en un arco. Las del segundo piso son rectangulares sin arco. Las del tercer piso también son rectangulares pero más cortas. Y las del cuarto piso son cuadradas, pequeñas. Abajo, las ventanas del subterráneo dan a un foso y no se ven desde aquí.

Junto al edificio hay un árbol casi de la misma altura. Frondoso y verde, regenta la entrada de un jardín. A juzgar por el tamaño y forma de la hoja, podría ser un plátano oriental pero no estoy seguro. Más cerca, en la vereda, un cartel prohíbe algo. Apenas distingo el círculo rojo y tachado. Al frente se estacionó un auto gris. Presto atención. A media altura, en el poste de un farol, cuelgan canastas con flores.


3. Cerrado porque es de noche


Lo importante es vivir en Dublín aunque sea de día. Participo en la rutina de las calles ajetreadas y eso es nuevo para mí. No quiero entrar en los locales abiertos pero podría. Me gusta tener la opción de entrar en los locales. Qué frecuentes se habían vuelto las visitas nocturnas a la librería Dubray. Cuántas veces me encontré allí, en el número treinta y seis de Grafton Street, frente a la puerta cerrada. Tenía que conformarme con examinar las cubiertas de los libros a través del ventanal. Investigaba títulos, autores y editoriales. Me fijaba en la tipografía y el diseño. Incluso la selección de obras en vitrina se prestaba a conclusiones.

Doblo la esquina y apuro el paso por Grafton Street. La librería Dubray está abierta, acaba de salir una mujer. En un instante cubro los metros que me separan de la puerta pero no entro. Me quedo ahí, bajo el pórtico azul, indeciso. Seguro que mi interés por la literatura resulta sospechoso. Al fin y al cabo, soy Juan Pultz, piloto de avión. ¿ No debería visitar museos de aeronáutica o sitios por el estilo ? Se va a notar que me gusta Felicia. Entonces la veo tras el escritorio. Distingo su pelo rubio y sus ojos concentrados en la pantalla. - Esa mujer es increíble - pienso y me alejo del ventanal para que no me reconozca.

Cruzo la calle en dirección al Trinity College y ahora sí que sueno a turista. Si fuera dublinés conocería la Biblioteca Antigua desde los trece años igual que todos mis compañeros de liceo. La profesora jefe nos habría llevado a ver el Libro de Kells. Como es lógico, no iría a la universidad a menos que tuviese un motivo. Además, crucé la calle como haría un extranjero. Los dublineses prefieren la vereda alumbrada por el sol. Así que, al llegar a Duke Street, corrijo mis errores de santiaguino. Regreso a la vereda soleada y decido seguir cualquier rumbo con tal de que no me lleve al Trinity College.

Un segundo giro a la derecha y estoy de vuelta en el parque Stephen´s Green. Sentado frente a la laguna obvio que pienso en Felicia. Ahora se obsesionó con los relatos campestres. Anoche me envió por correo un cuento del chileno Wally Gonzales. Empezaba así:

" Tarda el tractor, desde lejos se escucha, tanto demora que dudo ¿ estará             detenido ? No sé. Al rato aparece entre los cactus, son Guardo y Jotajota. Guardo maneja y Jotajota viene atrás, en el coloso, montado sobre unas varas de eucaliptus. Estacionan frente a los postes y el mecanismo del freno de mano hace un sonido rústico al engancharse. - ¡ Ya ! - grita Guardo y apaga el tractor. Falta poco para terminar el cerco " [ 5 ] .

Me gustó. Vivir en Dublín y soñar con el campo tiene sentido. Lo raro ( de turista ) sería soñar con Dublín. No necesito imaginar los patos que tengo delante. Nadan en la laguna, ahí están, si alguien les ofrece una migaja se acercan para recibirla. Por el contrario, a los tipos que llegan en el tractor, como no los veo, tengo que imaginarlos. Supongo que a Felicia le pasa lo mismo. Sus fantasías la llevan al sur de Chile. Para ser exactos, a la isla de su abuelo Patrick donde vacacionaba cuando chica. Allí había dos tipos parecidos a Guardo y Jotajota, encargados de la huerta y los corrales. Lo sé porque Felicia me contó, que llegaba marzo y no quería volver al liceo.

Pero basta de Felicia y sus relatos campestres, tengo buenas noticias, me cambiaron de pieza. Los asistentes de Boris Johnson, primer ministro británico, coparon el tercer piso así que la administradora reubicó a algunos huéspedes. A mí me tocó la suite Reina María. Cuenta con un dormitorio principal, uno de servicio, dos baños, sala, comedor y cocina. Al entrar conté quince ventanas. Supongo que tardaré en acostumbrarme.

Mientras tanto, me instalé en el dormitorio de servicio. Para no impregnar de nicotina las alfombras del rey Jorge V. Ya le debo una disculpa a la administradora por fumar en la otra pieza. No quise decírselo cuando llegué porque la vi nerviosa, el recibidor estaba repleto de periodistas.


4. ¿ Qué podría romperse ?


A diferencia de Felicia, yo era bueno con los números, por eso estudié ingeniería. Hace años que no juego a ser escritor. Seguro que olvidé las reglas. Sin embargo, insisto en sentarme cada noche frente al computador portátil. No es que yo escriba, más bien, tomo apuntes sobre literatura para impresionar a Felicia. Suena feo pero eso es lo que hago. Pienso que mis probabilidades de seducirla aumentarían si supiera quién es Karl Kraus. Por ejemplo, si pudiese citar de memoria " El arte sirve para limpiarnos los ojos " [ 6 ] tal vez llamaría su atención. Vale la pena intentarlo, además, Latam financia mis ratos libres.

Anoche perdí casi dos horas en Internet pero encontré lo que buscaba, material inédito de un escritor desconocido. Por nueve dólares americanos compré cuarenta y seis trozos de papel pertenecientes al poeta chileno Federíquez 
( 1909 - 1974 ). En cada trozo hay un fragmento de poema escogido por él, son sus autores favoritos. Estaban pegados en la pared de su oficina el día que murió. Incluye versos de Neruda, Teillier, entre otros. Quizás lleguen intactos, no se me ocurre qué podría romperse en un pedazo de papel escrito con lápiz pasta.

Dos días después, acabo de entrar en la suite Reina María. Dejo el paquete en la mesa y busco un cuchillo. Adentro vienen tiras de papel empolvado y amarillento. Parece que en la oficina del poeta Federíquez había una política de tolerancia hacia la mugre. Entre sus papeles descubro siete polillas muertas, un cigarro a la mitad y dos tapas de bebida. Pero me importan los versos, por varias razones, la primera es la selección. El poeta Federíquez leyó mucha poesía antes de elegir sus fragmentos favoritos. Ese es un trabajo que ya está hecho. Segunda razón, los autores escogidos. No basta cultivarse un gusto literario coherente, tiene que ser auténtico. Debe llevar la impronta de un carácter y yo no tengo mucho, tampoco me agrada estudiar. La tercera razón es el contenido de los versos, lo que dicen. Felicia podría discutir el rol de la naturaleza en El mendigo de Cumberland. Entonces sería oportuno saber que se refiere a un poema de William Wordsworth. Eso me permitiría guardar un astuto silencio y luego contestar " Y déjalo, "dónde" y "cuando" él quiera, sentarse bajo los árboles " [ 7 ] .

Así que voy a hacerme pasar por el poeta Federíquez. Usurparé sus inclinaciones literarias y se volverán las mías. Desde ahora en adelante, no más Juan Pultz, piloto de avión, ahora soy Federíquez.

Pongo los papeles sobre la mesa y leo el primero. " Nada se pierde con vivir, ensaya; aquí tienes un cuerpo a tu medida " [ 8 ] . Abajo dice - Enrique Lihn - . Empiezo por averiguar quién es. " Nació y murió en Santiago de Chile, poeta ante todo ", suficiente. Los versos citados por Federíquez provienen de un poema que se llama Monólogo del padre con su hijo de meses. Lo leo. - ¿ Qué dice ? - me pregunto.

El primer verso no produce mayores dificultades. Un padre se dirige a su hijo de meses. Le dice que aprender a vivir vale la pena. El segundo verso, sin embargo, podría ocultar un secreto. Lo del " cuerpo a tu medida " me llama la atención. " A tu medida " significa " adecuado para ti ". Se sobre entiende que tú no eres tu cuerpo. ¿ Qué eres entonces ? ¿ Ser, alma ? ¿ Eres aquello en lo que puedes convertirte ? A lo mejor. Evitaré empantanarme en especulaciones porque aquí importa la imagen: un niño de meses que no sólo es pequeño por fuera. Repito. " Él " es pequeño, su cuerpo le queda justo.

Dejo el papel a un lado. Son las una de la mañana. Más vale - pienso - que Felicia me hable pronto del poeta Enrique Lihn. Antes que se me olvide eso de la estatura invisible. Entonces advierto una incoherencia. Supongo que un poeta no tendría una noción tan utilitaria del saber. El verdadero lector aprende por gusto y no sé cómo resolver ese problema. Hacerme pasar por poeta resultó más difícil de lo que esperaba.

Puesto a no ser Federíquez tampoco soy Juan Pultz. Ya es hora de hacerme pasar por mí mismo, Isaías Palacios, persona, sólo para equilibrar un poco. No hace falta ocultarse todo el tiempo, finalmente, ¿ qué problema hay en existir ? Digamos que ayer cumplí noventa. No es que los haya cumplido, de hecho tengo treinta y tres pero digámoslo igual. ¿ Me respetarías más, lector, si fuese viejo ? Tal vez. Pero, además de no tener noventa años, tampoco soy un esnob del conocimiento. Mucho menos un copión. Me gusta leer, eso es todo. Ni siquiera sé quién es Felicia. De una cosa, sin embargo, estoy seguro: vivo en Dublín, por supuesto.



















Bibliografía






1 [ Assmann, Jan, Historia y mito en el mundo antiguo, 2011, Gredos, Madrid, 92 - 94 ]

2 [ Assmann, Jan, Historia y mito en el mundo antiguo, 2011, Gredos, Madrid, 254 ]

3 [ Poe, Edgard Allan, Ensayos, 2006, Claridad, Buenos Aires, 160 ]

4 [ Poe, Edgard Allan, Ensayos, 2006, Claridad, Buenos Aires, 246 ]

5 [ González, Wally, Relatos del antiguo Cuncumén, 1924, Edición independiente, Melipilla, 04 ]

6 [ Kraus, Karl, Dichos y contradichos, 2003, Minúscula, Barcelona, 91 ]

7 [ Wordsworth, William, La abadía de Tintern, 2012, Lumen, Barcelona, 69 ]

8 [ Lihn, Enrique, Álbum de toda especie de poemas, 2018, Lumen, Santiago, 26 ]


Derechos reservados
Nosecuenta 2020









martes, 21 de enero de 2020

APUNTES PARA CONFERENCIA









Abrid un sendero a través del triste y lento navegar

( D. Thomas )







A veces cuando
aun no ha terminado
de ponerse el sol
miro por la ventana

Demasiada realidad
al mundo le vendría bien
un poco menos

No hace falta tanta
realidad en este mundo
por ejemplo la violencia
podría ser la mitad
a nadie disgustaría
que también el sufrimiento
fuera menos - por ejemplo -
un ochenta por ciento menos
a nivel mundial

Concuerdan al respecto
profesores doctorados
sensatos embajadores
no hace falta tanta
realidad en este mundo
con la mitad por ejemplo
basta y sobra

A veces cuando
aun no ha terminado
de ponerse el sol
miro por la ventana

¡ Y yo que he tenido
sueños importantes !










Tristán Vela
Nosecuenta 
2018